En mi cabecita sólo hay palabras de incienso.
bam bam bam botafumeiro arriba… bam bam bam botafumeiro abajo.
y el olor embriaga mis tardes de “tumbada” en la camita mirando odios pinchudos pegados en el techo.
Y hasta mañana si Dios quiere.
En mi cabecita sólo hay palabras de incienso.
bam bam bam botafumeiro arriba… bam bam bam botafumeiro abajo.
y el olor embriaga mis tardes de “tumbada” en la camita mirando odios pinchudos pegados en el techo.
Y hasta mañana si Dios quiere.
Eustaquio C. era un chico con piel de tortuga. Con piel de tortuga. No, no tenía caparazón. Cada mañana bajaba al estanco de la esquina, con las manos metidas en los bolsillos, manga larga y los ojos semiabiertos. Bajaba casi dormido. En boca cerrada no entran moscas. Y la tipa del estanco, que ya le conocía, le ponía el paquete de LM light encima del mostrador. Tintineo de monedas amarillas y bronce y listo. Abre la boca justo para introducir su cigarro y lo enciende con una calada estupenda. Manos a los bolsillos. El mechero siempre en el bolsillo izquierdo. Cuando Eustaquio camina no siente el frío de la mañana ni el calor de la tarde. Piel de tortuga. La gente que lo mira apenas sí se da cuenta de su precioso pelo dorado, que él de vez en cuando agita con la mano para colocarlo en su sitio. Unos vienen y otros van. Eustaquio juega con las palomas del parque. Pero ellas no lo saben. Juega a que mientras él las mira estas nunca echan a volar. Algunas veces pierde, pero casi siempre se levanta del sucio banco del parque con muchas partidas ganadas. Las palomas tampoco miran su pelo dorado. Cuando cae la tarde, Eustaquio fuma el último cigarrillo de su paquete de LM, y pasea hasta su casa olvidando que hoy tampoco ha pensado en nada. Bendito domingo.
Oh… es cierto… hay más animales en mi coche… aquí el señor pingüino… el pingüino con menos forma de pingüino del pingüinar.
Pero, como le dijo el pingüino a la pingüina: como tú ningüina. 
Si, si… el gran Kahuna… ahí donde lo veis este bichito se ha cogido el mejor sitio de todos: al lado del fresquito. El verano en málaga mata. Pero como bien decía nuestro amigo Chinarro, lo bueno del calor es que si para ganarte el pan hace falta el sudor de tu frente, aquí nos ganaremos el pan sin hacer nada…
Los bichos. Esos amigos de mi carro.
Oh, mierda. Mi coche empieza a ser un nido de bichos. Mirad ahora este ejemplar de peluche mariquitado… (otro palabro hubiera resultado demasiado… feo
)
Pero este tiene más cada de bueno y además me aguanta el móvil de pie cuando vamos de viaje.
Ojitos blancos… titititi
Se ha metido un bichillo extraño en mi coche. Le cuelga un hilillo rojo y tiene ojos de asesino implacable. Empezó a mirar mi blackberry con mucha mala leche.
Sólo quería jugar. Estos bichos no son capaces de controlar su fuerza.


…sólo el treinta y ocho por ciento de nuestra población activa tenía estudios medios y superiores…
Con los debates de los políticos de hoy se podrían hacer, no uno, sino ciento veintitrés poemas. Odas a la poca vergüenza.
…es irrisorio el porcentaje de ayudas económicas…
Estos son monólogos graciosos y no los del club de la comedia.
Si. La luna es de caramelo.
Y las venden envueltas en papel azul con letras blancas.
- Quítale el papel. Quítale el papel.
- Ya ya, joder, déjame en paz… uhmmm… sabe a piña.
Un pequeño bocado de piña. Lunas de piña, de fresa y de melocotón. Uhmmm.
Sona sona sona sona … suena la guitarra.
Ayer sonaban acordes de guitarra. Tarde de verano. Ese olor tan especial que llega en verano, a champú de mil aromas que recuerdan a esas flores que dan frutos en primavera.
Nunca olvidaré aquel día en que el mundo empezó a dar vueltas hacia el otro lado. Todos los telediarios se hicieron eco de la noticia: de repente la tierra se paró, sonó una campana en el universo, “DING !!”, y empezó a girar hacia el otro lado.
Estábamos comiendo en aquella mesa nueva que acabábamos de comprar en el IKEA. Una mesa muy chula, blanca y con las patas muy estrechas. Mi hermano pequeño había cocido verduras y arroz y mi compañero había hecho chuletas de cordero. Toda la casa olía a chuletas de cordero.
Entonces vimos la noticia.
- ¿Lo sentiste, lo sentiste? – me preguntaba mi compañero de repente – Yo noté algo… lo sabía, lo sabía que algo estaba pasando.
- Yo no he sentido nada, joder.
Nos quedamos un poco de piedra mirando la tele. Se sucedían imagenes desde el espacio, donde apenas se podía apreciar nada. Quizás creían que íbamos a poder ver cómo la tierra se paraba de repente, pero no se veía nada. Yo al menos no vi nada. Pero mi compañero sintió cómo el mundo se paró. Bah. Seguro que le sentó mal el roncola.
En fin. Ahora los frutos se recogen en primavera. En invierno hace frío y en verano todos vamos a la playa y jugamos a la pelota. Mierda de mundo al revés.