podía ver el cielo blanco de su piso. Amarillento por la luz de las bombillas.
Los ojos como platos. Sin pestañear casi. Los brazos cruzados bajo su cabeza. Las piernas en alto y su corazón bombeando sangre oscura a todas las pequeñitas particulitas de su cuerpo. De eso a lo que llaman células.
Amarillento por la luz de las bombillas. Dejando caer su brazo sentía el frío del suelo. “Joder, qué frío en invierno…”. Las seis y 8 minutos de la mañana. Y veinte nubes se metieron hace rato por una pequeña rendija de la ventana y ahora no hacen más que esconderme el cielo blanco. Dicen en algunos sitios que las nubes son esponjosas. Pues estas son del carajo de frías. Parecen charlar entre ellas y se dirigen miradas vacías.
El suelo sigue frío y alguien ha cerrado la ventana. Bzzzzz. Algún mosquito que tampoco se quería perder la fiesta.
Me levanto mordiéndome el labio y descalzo siento el suelo como si fuera mío. Dejo a la trupe encerrada en la habitación. “Me voy de aquí, joder. No me dejáis dormir”. Los perros de papel ladran en la puerta de la cocina.
Y todo eso por abrir los ojos. Voy a cerrarlos un ratito a ver si me da por dormir. Pero no dejo de morderme el labio. Así sé que sigo vivo. Así sé que sigo sintiéndome. Y de vez en cuando toco el suelo con la punta de mis dedos. El suelo ese frío.
En fin.
